Violencia humana: Un legado de los primates que se puede cambiar con la educación y la paz

¿Cómo acabar con la violencia humana? Un estudio y propuestas para cambiar el destino de nuestra especie.

¿Es la violencia una característica innata o aprendida de los seres humanos? Esta es una pregunta que ha intrigado a filósofos, científicos y ciudadanos durante siglos. Algunos han sostenido que la violencia es parte de nuestra naturaleza, que está inscrita en nuestros genes y que ha sido seleccionada por la evolución. Otros han argumentado que la violencia es un producto de la cultura, que surge de las condiciones históricas y sociales y que puede ser prevenida y erradicada.

Un estudio publicado en la revista Nature ha aportado evidencias para resolver este debate. El equipo de investigadores, liderado por el biólogo español José María Gómez, analizó los datos de más de 4.000 mamíferos actuales y fósiles, incluyendo 600 especies de primates y 600 poblaciones humanas. Su objetivo era estimar la tasa de mortalidad por violencia interpersonal en cada grupo y compararla con la tasa esperada según su posición en el árbol evolutivo.

Los resultados revelan que la violencia interpersonal letal es una característica específica de los primates, y que la especie humana la ha heredado durante el curso de la evolución. Según el estudio, el nivel de violencia de los humanos actuales es similar al de sus antepasados del Paleolítico, cuando se estima que el 2% de las muertes se debían a agresiones entre individuos. Sin embargo, este nivel no es constante ni inevitable, sino que varía según el contexto social y cultural. De hecho, el estudio muestra que hay una gran diversidad de tasas de violencia entre las poblaciones humanas, desde el 0,01% hasta el 60%. Además, se observa una tendencia histórica a la reducción de la violencia, especialmente desde el surgimiento del Estado y el imperio de la ley.

Estos hallazgos apoyan hasta la actualidad la idea de que la violencia humana no es un destino biológico, sino que depende en gran medida de los factores ambientales y culturales. Como afirma el Manifiesto de Sevilla, un documento elaborado por 17 especialistas en diversas disciplinas científicas convocados por la UNESCO en 1986, “la violencia no está inscrita en los genes del ser humano y su aparición obedece a causas históricas y sociales”. Por lo tanto, “es posible identificar las causas de la violencia y modificarlas”. El Manifiesto propone una serie de medidas para promover una cultura de paz basada en el respeto a los derechos humanos, la democracia, la tolerancia, la solidaridad y el diálogo.

El estudio publicado en Nature en el 2016 también ofrece una perspectiva optimista sobre el futuro de la humanidad. Según los autores, “nuestra capacidad para cooperar a gran escala nos ha permitido construir sociedades complejas y pacíficas con niveles bajos de violencia letal”. Sin embargo, advierten que “también nos ha dotado de un enorme potencial destructivo que puede revertir este proceso”. Por ello, concluyen que “la clave para reducir la violencia en el futuro es comprender sus causas y consecuencias, así como las formas más efectivas de prevenirla y resolverla”.

Factores de influencia

Los factores sociales y culturales que influyen en la violencia humana son aquellos que tienen que ver con las creencias, valores, normas, actitudes y prácticas que se transmiten de generación en generación y que condicionan la forma de relacionarse entre las personas. Algunos ejemplos de estos factores son:

– El abuso infantil, que puede generar traumas, baja autoestima, inseguridad y agresividad en las víctimas, así como perpetuar el ciclo de la violencia.
– Los padres con depresión, que pueden descuidar o maltratar a sus hijos, afectando su desarrollo emocional y social.
– La violencia doméstica, que puede normalizar el uso de la fuerza y el miedo como formas de resolver los conflictos, así como dañar la salud física y mental de los involucrados.
– Los padres que no supervisan a sus hijos, que pueden dejarlos expuestos a influencias negativas, como las drogas, las armas, las pandillas o los medios de comunicación violentos.
– El acceso a armas, que puede facilitar el uso de la violencia letal y aumentar el riesgo de homicidios, suicidios y accidentes.
– Los padres ausentes, que pueden provocar sentimientos de abandono, rechazo y soledad en los hijos, así como dificultades para establecer vínculos afectivos y confianza.
– La televisión y videojuegos, que pueden exponer a los niños y jóvenes a escenas de violencia explícita, desensibilizándolos y haciéndolos más propensos a imitarlas.
– Las prácticas discriminatorias por razones de creencias, sexo, color de piel, el acceso desigual al estado del bienestar, la pobreza, etc., que pueden generar odio, resentimiento e intolerancia hacia los grupos minoritarios o vulnerables.
– Los mitos, estereotipos, creencias y actitudes que hacen parecer que la violencia es adecuada y necesaria, como por ejemplo: “la violencia es parte de la naturaleza humana”, “la violencia es una forma de demostrar poder o autoridad”, “la violencia es una forma de expresar amor o pasión”, “la violencia es una forma de defender el honor o la reputación”, etc.
– La violencia cultural, que se refiere a los aspectos simbólicos de la cultura (religión, ideología, lengua, arte, ciencias, leyes, lógica, matemáticas) que pueden justificar o legitimar la violencia directa o estructural.

Las propuestas

Existen propuestas planteadas en diversos foros y documentos sobre la prevención de la violencia. Sin embargo, para que sean efectivas se requiere principalmente del compromiso y la participación de todas y todos los actores sociales.

1.- Promover una educación integral que fomente el respeto, la tolerancia, la empatía, la igualdad y la no violencia desde la infancia. Esto implica incorporar contenidos curriculares que aborden estos temas, capacitar a los docentes para que puedan prevenir y detectar situaciones de violencia, involucrar a las familias y las comunidades en el proceso educativo y crear espacios seguros y participativos para los estudiantes.

2.- Fortalecer los servicios de atención y protección a las víctimas de violencia, garantizando su acceso, calidad y continuidad. Esto implica mejorar la coordinación entre los diferentes sectores e instituciones que intervienen en la respuesta a la violencia, como la salud, la justicia, la seguridad, la educación y la asistencia social. También implica brindar apoyo psicológico, legal, médico y económico a las víctimas, así como facilitar su recuperación e integración social.

3.- Implementar políticas públicas que prevengan y reduzcan los factores de riesgo asociados a la violencia, como la pobreza, la desigualdad, la exclusión, el desempleo, el consumo de drogas y alcohol, el acceso a armas y la impunidad. Esto implica generar oportunidades de desarrollo humano, social y económico para las personas y las comunidades, especialmente las más vulnerables. También implica regular y controlar el uso de armas y sustancias nocivas, así como sancionar adecuadamente a los agresores.

4.- Fomentar una cultura de paz que rechace la violencia como forma de resolver los conflictos y que promueva el diálogo, la cooperación, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos. Esto implica sensibilizar y movilizar a la sociedad civil, los medios de comunicación, las organizaciones sociales, las autoridades y los líderes sobre la importancia de prevenir y erradicar la violencia. También implica impulsar iniciativas que reconozcan y valoren la diversidad cultural, étnica, religiosa y de género.

La solución para prevenir la violencia está en nosotros.

Juan Carlos Hernández
Presidente
Fundación Mariposas de Miraflores
Tarapacá – Chile